El desarrollo sostenible es el gran caballo de batalla de la Organización de las Naciones Unidas para su Agenda 2030. Así, la industria cosmética busca nuevos modos de comercializar productos, centrándose en el reciclaje y la creación y uso de ingredientes más respetuosos con el medio ambiente.
Buscar que los ingredientes hayan sido cultivados y recolectados de manera respetuosa con el medioambiente (y comunidades locales). Que el envase provenga de materiales reciclados, sea reciclable otra vez o reutilizable y no incluya plásticos o folletos innecesarios. Que el consumo energético durante la producción sea eficiente y basado en energías renovables. Que la intensidad de emisiones del transporte sea mínima. Que la formulación sea, principalmente, biodegradable y no contenga microplásticos o nanopartículas que sigan contribuyendo con el impacto en los ecosistemas terrestres y acuáticos.
A grandes rasgos, eso es lo que el mundo, cada vez más concienciado sobre sostenibilidad, debería reclamar a su cosmética. Desde la pasta de dientes hasta la máscara de pestañas, la industria se enfrenta al mayor reto de su historia: ser menos contaminante (o desaparecer).
Desde 2015, año en que se produjo el lanzamiento de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y sus 17 objetivos de desarrollo sostenible, la firma del Acuerdo de París para frenar el cambio climático y el paquete de medidas de economía circular de la Comisión Europea, las necesidades del planeta y de la sociedad están cada vez más claras para empresas y gobiernos.
La industria cosmética investiga (e invierte) para mejorar en cuestiones de impacto ambiental. Y una realidad es que, a los consumidores aún les cuesta discernir las particularidades de un producto durante todo su ciclo de vida.
Cuenta Ethel Eljarrat, investigadora del IDAEA-CSIC (Instituto de diagnóstico ambiental y estudios del agua), que a la hora de ir a la perfumería “deberíamos fijarnos en la no presencia de microplásticos (aparecen especialmente en pastas de dientes y jabones de manos) en la formulación. Cada año, en Europa, se producen 3.000 toneladas de microplásticos para estos usos, que acaban en el mar. La fauna marina los ingiere y los compuestos químicos que contienen llegan a sus tejidos. Como no se metabolizan, los van acumulando. Y, por consiguiente, también nosotros cuando los comemos, así que transportamos en nuestro organismo toda esa carga de contaminantes químicos que son disruptores endocrinos, provocan diversos tipos de cáncer, infertilidad, obesidad, diabetes…”.

Su colega del IDAEA, Silvia Díaz-Cruz, alerta sobre los riesgos de la protección solar: “Ingredientes como los de estos filtros solares no se eliminan en las plantas de tratamiento de aguas residuales y, además, muchas veces llegan directamente al mar a través de nuestras actividades laborales y recreacionales”.
Aunque las sustancias naturales podrían ser útiles para atajar ese tipo de contaminación (son biodegradables, a excepción de los minerales), irse a lo ecológico no garantiza la protección al planeta: “No se puede generalizar diciendo que los ingredientes bio sean más sostenibles que sus hermanos de laboratorio. Este epígrafe hace referencia a cómo se tratan en los cultivos de origen pero, por ejemplo, pueden sembrarse a miles de kilómetros del lugar de fabricación del cosmético o, por demandas del mercado, convertirse en monocultivo y que la región deje de lado otras plantaciones autóctonas”, añaden Laia Rubio y Mercedes Cócera, responsables de desarrollo de producto de la empresa de ingredientes cosméticos Bicosome.
En resumen: una cosa es que una crema reduzca su impacto ambiental y otra muy distinta que automáticamente se convierta en sostenible. “Hay que tener en cuenta muchos factores. Cómo se ha elaborado: cuánta energía y agua se han empleado en el proceso, cuántos residuos ha generado, qué materiales hay en el envasado (y agua, y emisiones.), cómo se distribuye (la famosa huella de carbono) y, finalmente, qué se hace con esa crema después del consumo: si la fórmula es biodegradable, el envase es reciclable o reutilizable…”, menciona María Jesús Lucero, profesora del departamento de farmacia y tecnología farmacéutica de la Universidad de Sevilla.
En cuestiones de packaging, los esfuerzos van desde reducir la huella hídrica de la producción hasta la invención de envases que puedan tener una segunda vida debido a su elevada tasa de reciclabilidad o reutilización.
El objetivo es ver resultados en 2025. “Estos residuos, sobre todo los envases de un solo uso, que se contabilizan por toneladas a nivel global tras décadas de mala gestión por parte de productores y consumidores, están teniendo un impacto negativo sin precedentes en la economía, el planeta y las personas. Es el momento de pensar más en la prevención que en el reciclaje”, advierte Elena Ruiz, experta en economía circular de Forética, asociación de empresas y profesionales de la responsabilidad social empresarial.










