Mucho antes de la situación actual de la pandemia, ya se apreciaba con frecuencia el llamado Síndrome de Hikikomori. Este trastorno afecta de manera primordial a adolescentes o jóvenes que se aíslan del mundo, encerrándose en las habitaciones de casa de sus padres durante un tiempo indefinido, pudiendo llegar a estar años enclaustrados. Rechazan cualquier tipo de comunicación y su vida comienza a girar en torno al uso de Internet y de las nuevas tecnologías.
Por tanto, a pesar de que ahora se aprecie con más frecuencia a causa del contexto actual, antes se veía también en personas que han sufrido acoso laboral, sexual, bullying y ansiedad.
El síndrome de la cueva define un comportamiento en el que una persona se siente más segura en su hogar y experimenta grandes dificultades para tomar las riendas de su vida social, se da después de un suceso traumático.
Esta conducta tiene varios motivos, en caso de las personas mayores se conforman con pequeños paseos por casa, todo sea por evitar una caída al sentirse realmente inseguros, en los niños el poder limitar también estas salidas por protección. Muchos han bajado los brazos y se han resignado.
Se ha perdido parte de esta autonomía, las compras, el poder ir a ciertos lugares, el sentirse realizados, además hay miedo por salir contagiados, hoy en día con el COVID-19 y por tanto el cuidado que se le dará en caso de salir contagiados o en caso de algún accidente (padres y cuidadores).
La principal característica que define el síndrome de la cueva es el sufrimiento y la angustia. Estas personas son conscientes de que deben cruzar el umbral de su hogar y responsabilizarse de sus obligaciones. Sin embargo, se sienten incapaces de lograrlo.
Se manifiesta por medio de:
- Ansiedad elevada cuando deben cumplir alguna tarea fuera del hogar.
- Aparece tanto en personas introvertidas como extrovertidas.
- Angustia al salir de casa.
- Genera también síntomas fisiológicos como mareo, entumecimiento, entre otros.
El síndrome de la cueva se relaciona de forma directa con el trastorno de la ansiedad social. De hecho, gran parte de las personas que evidencian esta conducta evitativa ya sufrían previamente esta condición psicológica.

Los trastornos de ansiedad social afectan o han afectado a cerca del 36% de la población mundial, en edades comprendidas entre los 16 a los 29 años y hoy en día a nuestros adultos mayores a causa de la pandemia.
Evitar situaciones sociales y optar por quedarse en el resguardo del hogar (y más ahora que disponemos de las nuevas tecnologías para el ocio y el trabajo) es un hecho que aparece con gran frecuencia. Por tanto, el contexto actual no ha hecho más que agravar una realidad ya preexistente y ante la cual deberíamos reorientar nuestra atención para prevenir y tratar estas situaciones.
Hay quien aún permanece en el resguardo de su casa esperando que todo esto pase definitivamente. Sin embargo, un hecho que están viendo profesionales de la psicología de todo el mundo es que hay quien se resiste por completo a tomar las riendas de su vida más allá de los lindes de su casa.
El síndrome de la cueva no describe una condición clínica que aparezca en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), pero sí perfila como una realidad que se aprecia con frecuencia. La dificultad por reanudar nuestras vidas después de un evento adverso es un hecho que siempre ha definido al ser humano.
Es muy importante poner atención ante estos datos de alarma, por ello, si llegas a presentar algunas características de lo ya mencionado las recomendaciones serian:
- Realizar desensibilización progresiva la cual es el poder acompañar a nuestros pacientes o familiares a mejorar su ritmo de vida he ir dando apoyo a la misma. Un ejemplo es si tiene miedo de subir las escaleras, acompañarlo en el mismo una vez y que después lo haga por sí solo, si le da miedo salir, poder acompañarlo y posteriormente que el intente este gran logro.
- Darle apoyo y comprensión para que se sienta acompañado, se sienta seguro, ayudarlo con pensamientos positivos (yo puedo, soy único e irrepetible).
- El supervisar que este durmiendo sus horas adecuadas (esto nos permite a que no esté tan susceptible y haya una mejor interacción con su medio).
- Ayuda psicológica.
- Terapia ocupacional (rompecabezas, alguna manualidad, baile, cantar, entre otras distracciones).
- Buenas redes de apoyo.
Es increíble el saber que esto puede cambiar nuestra vida de un momento a otro, pero si queremos ayudar o ser ayudado necesitamos poner atención ante estos síntomas y canalizar lo que nos sucede para una pronta integración a nuestro mundo de interacción.
CONCLUSION.
Este tipo de terapias evitara dentro de lo posible, el SINDROME DE DEPRIVACION SOCIAL, Y EL SINDROME DE LA CUEVA, así como angustia, ansiedad, problemas para dormir, farmacodependencia, y buscara integrar a los miembros de una familia para una mejor comunicación y buscar que la persona quede enclaustrada o encerrada para mejorar su calidad de vida dentro de la familia y en la sociedad, ya que el ser humano es un ZOO POLITIKON, es decir un individuo en una sociedad
Dr. Leopoldo Herrera Gómez. Neurocirujano
Mtra.: Ivette Yareli Martínez Ortiz. Maestra en Psicoterapia Sistémica Familiar










